TIJUANA EX LIBRIS
Crónica, reseña, cuento, fotografía, poesía y otras pasiones irrenunciables. Como nunca-siempre: debajo de algo que se desconoce, encima de múltiples misterios, dentro de un abismo que invoca una búsqueda constante y el descubrimiento de nuevas ignorancias. Soy un vil orquestador de frases conexas e inconexas en @Multijavier
domingo, 8 de enero de 2012
El delito de la inocencia: vacaciones obligatorias en la SIEDO
¿Quién puede creer en la inocencia de un policía cuando todo en este país goza de un descrédito total? Esta es la historia de “El Mexicano”, un policía municipal inocente, recluido veinte días en la SIEDO por no ceder ante el poder del narco, un hombre que nos representa y nos recuerda que el sistema, en ocasiones, en su afán de justicia, también le “pega” al pueblo.
El edificio
“El Mexicano” tuvo suerte de contar con un “Pariente” domiciliado en el Distrito Federal (no confundir con Carlos Sandoval Méndez, alias “El Pariente”, miembro de la Familia Michoacana, ni con Fausto Pacheco Torres “El Pariente”, líder del grupo de homicidas al servicio de la organización delictiva denominada “Los caballeros templarios”). “El Pariente” se trasladó a la colonia Juárez, donde se ubica este edificio que retiene a múltiples criminales. Le resultó fácil identificar el edificio al primer vistazo, compuesto por imponentes muros grises y parapetos ocupados por miembros del ejército y otros agentes. El Pariente sospechó que lo difícil sería comunicarse con “el Mexicano”. No había entrada visible, sino puertas de seguridad que brindaban acceso a oficiales y militares. Tuvo que rodear el edificio para buscar algún punto de contacto con el indiciado. La primera vez acudió en domingo, cuando los internos no pueden recibir visitas. Volvió a la semana siguiente, en sábado. El horario de visitas era de 9 a.m. a 2 p.m., según le informaron los milicos. Se introdujo en la calle lateral y vio a decenas de personas formadas junto a una ventanilla. De vez en cuando un soldado asomaba por la única puerta existente y nombraba a las personas que tenían permiso de visita: adquirirlo implicaba un trámite largo y engorroso, sobre todo porque el Pariente no contaba con algún apellido que coincidiera con el del “Mexicano”. Para visitarlo debía redactar una solicitud de permiso, entregarla en el edificio, regresar a la semana siguiente por el documento, ya con la firma y el visto bueno del “Mexicano”, y llevarlo a las oficinas de la SIEDO (Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada), ubicadas en otra colonia del DF con el fin de obtener un sello, y otro más en las oficinas de otra dependencia. Como la chamba le impedía “aventarse esa danza”, el Pariente se conformó con llevarle artículos de uso personal: una toalla de baño, zapatos deportivos, cómodos, sin agujetas, entre otras cosas. El trámite, al principio, parecía sencillo, pero el Pariente siempre estuvo mal informado. Unos soldados decían una cosa y otros, otra, en un proceso kafkiano de desinformación, rodeos infinitos y recorridos por espirales laberínticas. De hecho intentó obtener información vía internet: otro laberinto de desinformación, pero más hondo en su absurdidad virtual.
¿Por qué? ¿Por qué?
El Mexicano era subalterno de un mando militar en el municipio de Rosarito, Baja California. Interesante ocurrencia bélica del gobierno: dotar a las policías municipales y estatales con mandos militares que desconocen la operatividad de una delegación. Limpiar las policías de los estados y establecer una elegante colaboración entre “tiras” y “verdes era la consigna: sí, sí, sí, claro. ¡Táctica tan realista como la de endilgar sueños de opio! La primera vez que el Mexicano fue “puesto” por su alteza militar lo convocaron, junto a otros policías, a una reunión donde fueron detenidos y, después, conducidos al cuartel militar de la colonia Morelos, en Tijuana. Ahí fueron interrogados a golpes con el objetivo de averiguar si tenían nexos con el narco. El Mexicano recibió golpes en el rostro, atado a una silla y con los ojos vendados. Servir por más de cuarenta años en la policía, y ocupando diversos cargos, no era un antecedente valioso para los milicos. Otros policías, interrogados en esa ocasión, sí tenían vínculos con el narcotráfico y fueron llevados a la SIEDO. Al Mexicano lo salvó la piedad del Secretario de Seguridad de Rosarito, quien se encargó de liberarlo, pues lo sabía inocente. Otros no corrieron con esa suerte: a uno de ellos se le dificultaba respirar, pues uno de los puñetazos propinados durante el interrogatorio consiguió que un hueso de sus costillas se le clavara en un pulmón. Las denuncias ante Derechos Humanos no le sirvieron para que se hiciera justicia y recuperara su empleo.
La segunda vez que “pusieron” al Mexicano el oficial a cargo, quien lo condujo de nuevo al cuartel pesadillesco, le confesó: “sé que no tienes nada qué ver, Mexicano, y me duele llevarte, pero tengo órdenes”. “Ni te agüites”, respondió el Mexicano, “yo sé cómo está el pedo”. En esa ocasión también hubo golpes y, ahora sí, el traslado a la SIEDO, cuyo actual objetivo es –como repiten las parrafadas “copipéistiadas” de los comunicados oficiales- “ampliar las indagatorias en contra del presunto culpable”. Corrían los primeros meses del año 2010, cuando Gerardo Álvarez Vázquez, famoso narco operador del cartel de los Beltrán Leyva, alias “el Indio”, también era huésped de dicho recinto. No hay como la “buena compañía” para un policía de carrera, metido en sus cincuentas, e inocente por añadidura: poca cosa en un país donde todo está desacreditado, con nuestra inocencia incluida.
La vida bonita
Hoy, la SIEDO es un “hotel” de máxima seguridad, propiedad decomisada al “Mocha orejas”, donde se atiende a los reos en forma expedita: un limbo en el que todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario. Todos gozan de revisiones médicas, cuentan con literas individuales, televisión, música y comidas “aceptables”. Son bien atendidos por tratarse de indiciados y en los comedores se puede convivir con policías corruptos, ZETAS, narcotraficantes, secuestradores y otros delincuentes de alta peligrosidad. Una vez “El Indio” cruzó palabra con el Mexicano: “¿Ya ve que es mejor estar de nuestro lado”?, dictaminó.
La mayoría de los reos opinaba que el Mexicano pronto sería puesto en libertad. Uno de ellos se sinceró: “nosotros vamos a otra cárcel, después de cuarenta días”. Quienes fueran encontrados culpables eran trasladados a penales de máxima seguridad. A las cinco de la mañana sacaban a los reos a correr por el patio, era el único momento en que veían a las internas. Las filas de reos y reas se encontraban en esa corrida circular que daban por el patio. Al Mexicano le llamó la atención una mujer rubia, de facciones finas. “Parecía rusa”, confió el Mexicano, “buena para disparar, según decían, con adiestramiento militar”. El tema se tocó adentro, una vez que regresaron a sus habitaciones pulcras, alfombradas, como de hotel. La rubia era mujer de uno de los ZETAS que fue baleado durante un encontronazo con militares.
La rubia de los ZETAS
La rubia no debía estar ahí. La muerte de su hombre fue producto del azar. Militares y agentes federales patrullaban la zona por un “pitazo” que recibieron para atender otro crimen. No les pasaba por la cabeza que algunos ZETAS se guarecían en esa misma área. Uno de ellos estaba de guardia, apostado en el techo de una casona. Al ver a militares y agentes federales entrando en la colonia disparó su arma, creyendo que venían por ellos. No hizo más que atraer la atención de los contrarios, quienes rápidamente se presentaron en el lugar de los hechos. La rubia estaba en la cama con su pareja, el líder del grupo. A la intención de captura el líder respondió con tiros, pero fue rociado de balas. En estas lides, al fuego se le responde con fuego y no con agua.
El paquete
Los detenidos hacen cualquier cosa con tal de mantener la calma y torear el tedio. La televisión y la radio no son suficientes atracciones: se vuelven repetitivas y desquiciantes. Por eso uno de los reos consiguió una mascota: “la Julia”, una cucaracha amarrada de una pata, a la que servían agua en una tapa de plástico y pedazos de comida. Era otra forma de paliar la realidad del encierro: ocuparse en algo, aventurar ideas para sobrellevar la estancia en el hotel de cinco estrellas para altos criminales. Los relatos de los internos eran otra forma de entretenimiento. “Pero”, confiesa el Mexicano, “a veces es mejor no enterarse de asuntos ajenos”. De hecho –afirma el Mexicano–, “casi todos los internos, sobre todo los más oscuros, son recelosos a la hora de soltar datos de sus antecedentes”.
El paquete que el Pariente logró entregar les cayó como anillo al dedo. No sólo contenía la toalla, calzado deportivo y cigarros, también incluía un par de libros: la biografía de Francisco Villa, entre el ángel y el fierro, de Enrique Krauze, y el libro doble Historias de amor / Del fondo del mundo prostituto sólo amores guardé para mi puro del brasileño Rubem Fonseca, sabio renovador de la novela y el relato policiales. Uno de los ZETAS interrogó al Mexicano: “oye, Mexicano, no le entiendo al final de esta historia, ¿qué quiere decir?”. Se refería a un cuento de Fonseca, quien evita los lugares comunes y ofrece, en ocasiones, finales abiertos. “Lo que pasa es que mi Pariente es literato –respondió el Mexicano-, le gustan los libros difíciles”. En cambio, la biografía de Pancho Villa gozó de mayor popularidad y cognición entre los presos “presuntamente” más despiadados del país.
La libertad
Luego de veinte días el Mexicano obtuvo su libertad por obvias razones: cero antecedentes penales, cero propiedades ostentosas, cero situaciones atípicas: esposa con diminuto puesto en un tianguis, auto modelo 92, casa modesta. Su decisión estaba tomada: el Mexicano no se arriesgaría a que lo “pusieran” una tercera vez. Renunciaría a la policía y exigiría el pago correspondiente a sus años laborados. Renunciar a una responsabilidad como la de procurar seguridad a la población no sería fácil, pero era lo mejor. Aún recordaba las preguntas “inteligentes” que le lanzaron los militares durante el brutal interrogatorio: ¿Conoces a Fulano de Tal? Sí. ¿Conoces a Sutano de Tal? Sí, pues cómo no los voy a conocer, si son policías que trabajan en la misma delegación. Y sopapo por aquí, puñetazo por acá, como si los delitos de los policías corruptos, sus compañeros de trabajo, se transvasaran a su cuerpo por obra del Espíritu Santo del Narco.
Se queja el Mexicano: “nunca había viajado en avión, y la primera vez que lo hice fue esposado a una de sus butacas”. Cuando lo soltaron, algunas personas, madres e hijas de los internos, le sugirieron que se cambiara la camiseta. “Si te ven con ella te pueden volver a encerrar”, le advirtieron. Su camiseta amarilla indicaba que había estado recluido por delincuencia organizada. Nunca había salido de su estado. No conocía el DF, como muchos de los mexicanos trabajólicos que sólo tienen cabeza para sepultarla bajo montones de chamba y tratar de mantener a una familia. Se acercó a un militar para preguntarle cómo salir de ahí. El milico le indicó “será mejor que te vayas, si te ven, te vuelven a encerrar”. El Mexicano replicó que no traía dinero para llamar a su Pariente y el soldado se apiadó ofreciéndole unas monedas, además de orientación para llegar a la Central de Autobuses del Norte. A su esposa, quien abastecía su puesto de tianguis con mercancía de Estados Unidos, le negaron el cruce porque el marido estuvo en la SIEDO. Por eso el Mexicano, además de comprar boleto de regreso a Baja California, tuvo que contratar un abogado para borrar el “antecedente” (ninguno, en realidad, dado que nunca fue declarado culpable), pues sólo borrándolo su esposa podría cruzar de nuevo hacia la unión americana. Linda travesía para un policía inocente que, además, debió renunciar a lo único que sabía hacer: servir a la comunidad. A él, como a muchos mexicanos, sólo le queda de consuelo parafrasear el título de un programa televisivo: “Ni pedo, aquí nos tocó medio-vivir”. “En este país hay poco qué festejar, por eso hay que celebrar en grande cuando haya motivo para hacerlo” –afirmó un comentarista deportivo, cuando el triunfo de la Sub-17 de México. Por esta razón el Mexicano festejará su libertad renunciando a su pasión laboral, festejará a México con todas sus bromas de mal gusto, con todos sus puntapiés rastreros, sus chivatazos sacrificiales, sus “surrealismos” tenebrosos y sus “sapes ajorobadores”. CNDH, PGR, PGJE, tú, yo y el vecino: celebremos también el delito de la inocencia.
Buena muerte en el Zacazonapan, un bar con sabor a Vicky
Si la frase “bar de malamuerte” denota la posibilidad de toparse con un incidente doloso, el término “buenamuerte” sería más aplicable a un recinto de inextricables condiciones como el Zacazonapan. A unos pasos del Kentucky Fried Buches, esquina con avenida constitución y calle primera de la ciudad de Tijuana, el bar, también conocido como “la pequeña Amsterdan”, despide un olor a limpio que contrasta con su aspecto de cueva malhadada. Las fauces de esta gruta viviente pueden repeler a cuanto beodo, gañán o transeúnte se persone. La magia del “Zaca” (como lo llaman cariñosamente los lugareños) invoca posturas contrastantes: mientras que unos lo niegan o evaden, otros lo viven o lo adoptan como sitio de reunión favorito (where everybody knows your face, but not your name). Los nombres salen sobrando en esta pocilga de tufo cosmopolita a la que asisten músicos, pintores, periodistas, sociólogos y otros fuereños que pronto se ven arrastrados por sus anfitriones, los buenos vecinos: los guías tijuanenses. El Zacazonapan se ha convertido en un lugar turístico cuyo rasgo distintivo es fungir como una ZTCD (Zona de Tolerancia para el Consumo de Drogas), una especie de blunt bar de baja estopa donde se codean crickómanos (el “cricko” o “cristal” es una de las drogas más populares que circulan en la frontera Mex-USA), cocainómanos y consumidores de marihuana.
Al descender las escaleras no percibo el olor característico de la marihuana y, por lo tanto, deduzco que he llegado temprano. Hay pocas mesas ocupadas, pero la barra está llena. En total calculo cerca de 25 presencias en el lugar. Me dirijo a la barra y encuentro a un fulano con una baraja en la mano. El tipo me ofrece una mirada amigable en busca de un contendiente para una partida de blackjack o “pokarito”. Evado su silenciosa invitación y enfoco la cara del barman, un tipo grueso de sonrisa disimulada. “Una Vicky por favor”, escupo (es uno de esos bares que invitan a mascar tabaco y a escupirlo en el suelo una vez que se le ha extraído todo el sabor). “¿Cahuama o media?”, pregunta el barman. “Media”, confirmo. La botella aterriza escarchada en mis manos, lo cual resulta sorprendente tratándose de un bar adjetivado como “de malamuerte”, donde uno espera recibir una cerveza con sabor a orina y un navajazo en el bajo vientre, pero no es así. Al primer trago saboreo la malta ambarina (los 25 pesos valieron la pena) y recuerdo que apenas hace una semana estuve en el Santa Leyenda, otro reino etílico del Callejón de la Sexta, donde me sirvieron una Vicky muy tibia.
Recojo la Vicky y entrego el efectivo. Me instalo en una de las mesas, a espaldas de un grupo de jóvenes y jovenzuelas de aspecto jamaicano (dread locks en todo su esplendor, colores jamaicanos en sus atuendos, calcados al estilo Marley y Peter Tosh). Junto a mi mesa hay un chavo de dieciocho años (máximo dieciocho) sentado frente a una “cahuama”. Una de sus manos ase un cigarro de mota para darle caladas, combinándolas con esporádicos tragos de cerveza. Hay un fulano con pinta de dealer (o vendedor de droga), es decir, luce peligroso, pero a su vez destapa los gestos propios de un negociante: se lee en su manera de caminar y hablar, todo su lenguaje corporal denota que esta noche asegurará buenas ventas del producto. De otro modo no se explica la seguridad con la que se dirige a mí, un completo desconocido: “¿Vas a querer un cigarro?”, cuestiona el díler. “No –respondo-, no traigo mucha lana, apenas me alcanza pa´ las chelas”.
El díler se va, abandonándome a mi suerte. Han pasado veinte minutos desde que entré al Zaca y la rocola se ha limitado a contagiar rolas entrañables de Led Zepelin, los Beatles, Manu Chao, Rolling Stones, Jimmy Hendrix, Pink Floyd y los Doors. Es una rocola diversa, certera y divertida que fluye perfecto en automático, incontaminable, antireggaeton. No hay meseros al alance y, por tercera ocasión, me dirijo a la barra en busca de una Vicky. El barman es amable y rápido en la entrega de las “helodias burbujeantes”, mas su rapidez no ha sido suficiente para impedir que unos fulanos se apropien de mi mesa. Para evitar posibles rencillas me dirijo a la mesa donde el chavo de dieciocho años disfruta su dosis de cannabis. “¿No te molesta si me siento aquí?”. “No¨, responde, “no hay problema”. “Es que me ganaron la mesa”, explico. “Sí”, prosigue el chavo, “es lo que vi”.
El Zaca ha recibido más gente en los últimos minutos. Junto a la mesa que ocupo se ha instalado otro cliente frecuente. El díler entra y sale de la cueva, subiendo y bajando las escaleras cada cinco o diez minutos aproximadamente. De pronto se sienta frente al cliente y coloca sobre la mesa una hoja grande de papel aluminio que, al abrirse, deja escapar un destello verdoso de varias onzas. El cliente frecuente se sirve del paquete con cuchara grande y el díler se retira satisfecho por la venta.
Otros visitantes del Zaca afirman que ahí también se vende cristal y cocaína, pero esta noche no he visto a nadie consumiéndolas, ni vendiéndolas. Observo al chavo de dieciocho años: viste pantalón de mezclilla, arracada dorada en la oreja izquierda y “textea” –al igual que yo- con su celular. Escucho una rola de los Beatles, pero no recuerdo a cuál de sus discos pertenece. Decido romper el silencio y pregunto al chavo por el nombre del disco. “No lo recuerdo, pero es muy fácil que lo encuentres en internet”, responde, como si oliera mi tufo periodístico. “Estoy esperando a un par de amigos”, comento, al tiempo que dirijo una mirada a la pantalla del celular, “les acabo de escribir que los sigo esperando y que ya hasta me horneé”. “¿Quieres?”, pregunta el chavo extendiéndome el cigarro de mota. “No, gracias, ando muy cansado”, le invento, “si fumo me va a dar sueño”.
El díler tiene otra chamba. Además de subir y bajar las escaleras, también debe trapear el suelo hasta perfumarlo de Fabuloso. El aroma del limpiador se distribuye rápidamente por el local, gracias a un ventilador gigante colocado junto a la pista. El cliente frecuente recibe una nueva visita: uno de los discípulos de Marley (quizás el más ferviente de ellos) coloca una mochila frente a él y extrae dos camisetas con estampados paródicos. En una de ellas aparece la leyenda “Zacazoolandia”, decorada con figuras de mutantes, mitad animal y mitad humanos. La otra camiseta es la que más me late, pues en ella se lee “Saunazonapan”, clara denuncia del ambiente sofocado que se respira cuando el lugar se llena de asiduos. En ese momento la rocola expele una canción de Cypress Hill (Insane in the brain):
…the lights are blinkin' I'm thinkin' / it's all over when I go out drinkin' / Oh makin' my mind slow, / that's why I don't fuck with the big four-oh / bro, I got ta' maintain / cuz a nigga like me is going insane…
“Insane” (loco) es una palabra apropiada para describir a un visitante del Zaca, pues éste debe estar loco de remate para pararse ahí, tomando en cuenta que las fallas técnicas del congal son demasiado visibles:
1. Sus baños son los peores de toda la “cahuila” (como se le denomina a la Zona Norte de “Tijuas”, desde hace tiempo, y en alusión a su espacio más famoso: el callejón Coahuila).
2. Cuando hay mucha gente apenas se puede respirar (el limpiador-aromatizante, claro está) y, si no te gusta consumir marihuana o fumarla en espacios públicos, te expones a una “horneada” marca Sauna.
3. El Zaca no cuenta con salida de emergencia y un incendio podría dar al traste con el prestigio que, con muchos esfuerzos, los propietarios y fanáticos han logrado adjudicarle al bar.
4. La iluminación es pésima y el edificio que se erige sobre su planta subterránea luce tan averiado que parece estar a punto de desplomarse (y ni qué decir de la única columna o pilar ubicado en la pista de la caverna).
Cualquiera diría que lo peor del Zaca es la presencia de la mota y su aparente Zona de Tolerancia para el Consumo de Drogas. El problema real es que se trata de una tolerancia basada en un sistema de corrupción, donde los ganones son los policías y los jefes de los policías que perpetúan esta relación ilícita. En todo caso, la ausencia de un grupo o colectivo en pro de la marihuana indica que el Zaca no durará mucho, a menos que despenalicen su consumo (propuesta que no ha prosperado ni prosperará mientras el gobierno y su aparato judicial deseen seguir lucrando con las monedas que arrebatan a consumidores y vendedores de este bien natural, quienes además suelen pertenecer a un estatus bajo o medio en el escalafón social y adolecen de conectes políticos para zafarse de la ley).
Para mantener en funcionamiento un lugar como éste y asegurar, además, la credibilidad del espacio, se requiere de una rápida consolidación de un colectivo que luche o promueva acciones lúdicas para preservar y restaurar este inmueble que cuenta ya con muchos asiduos. La primera vez que visité este bar fue en 1992 (si la memoria no me falla). Iba acompañado de varios amigos (ahora connotados músicos y artistas visuales). En ese entonces podía tachar al Zaca como un bar de malamuerte, pues la sucesión de golpizas y trifulcas resultaba más que evidente, suscitándose a unos centímetros de la mesa donde uno estuviera bebiendo. Ahora, en pleno siglo XXI, sólo podemos hablar de “buenamuerte” en relación a los posibles incidentes y molestias que el Zaca puede propiciar: una asfixia colectiva provocada por una intervención irresponsable de la policía, disfunciones urinarias en las mujeres que se aguantan las ganas (los baños parecen escenografías de una película de Rob Zombie, o sea, asustan), un incendio, un terremoto y/o un derrumbe provocado por la negligencia ante el deterioro del edificio.
¿Malamuerte en el Zacazonapan? Improbable. Buenamuerte: probable.
Xochitlalpan vs. Narcotijuas
Xochicrónica. A ciertos hablantes de la lengua española les gusta crear neologismos mediante el uso de prefijos, lo que se conoce como prefijación. Me sumo a este goce neologista de manera regular, y no sólo cuando el asunto del texto lo requiere, pues confieso mi adicción a desfigurar y prefigurar palabras nuevas por el simple y morboso placer de hacerlo. Además, suelo neologizar de manera arbitraria (la arbitrariedad es un principio del signo, según Saussure). Algunos nombres de ciudades, objetos y personas se completan con prefijos. Quien esto escribe, por ejemplo, en sus días de mayor odio contra sí mismo, se hace llamar microcronista tijuanodefectuoso, por considerarse hijo y cronista menor de ambas ciudades (TJ-DF).
Tijuana tiene varios prefijos designados, pero el más recurrente es el prefijo narco. En Tijuana (TJ) todo es narcocircunstancial, narcomódico y narcoefímero, como la narcomoda y sus narcoaccesorios, así la narcotidianidad gana terreno todos los días en Tijuana y, como se ha visto en los medios y redes sociales, aqueja a muchos otros estados del país. Cada narcocorrido conlleva la posibilidad de exaltar al narcohéroe al narcohéroe que ha fundado narcoempresas e implantado un clima de narcorespeto por la vía del narcomiedo y la propagación de la narcocultura.
Aunque el D.F. no está exento de la violencia del narco, a veces hay días en que todo me parece xochicotidiano, y ese todo viene acompañado de xochidevenires citadinos que ofrecen múltiples y gratos senderos de exploración. Los lugares más conocidos del DF a nivel nacional son el zócalo del Centro Histórico, el estadio Azteca y Xomichilco. Xochimilco es multiconocido por su carácter turístico, sin émulo en el resto del país. Sin embargo, Xochimilco me desatrae por conocido y, en cambio, el desconocimiento total de Xochitlalpan me seduce.
El Parque las Fuentes Brotantes (Xochifuentes, de cariño) promete una serie de actividades seductoras, deleites naturales y deslumbramientos gozosos: pasear entre los árboles, contemplar la fauna acuática y descansar la mirada frente a esas xochifuentes brotantes, las cuales, supongo, deben desencadenar esplendentes tentáculos de agua desde la corona marmórea de una escultura avasallante. El camino hacia el parque es largo para el peatón microcronista: la vía asfaltada se alarga unos cuantos kilómetros, plagada de árboles y riachuelos distribuidos a los costados del camino.
Los diez minutos de trayecto valieron la pena para desvelar un curioso hallazgo: de la primera fuente brotante no brota más que sequedad. Tengo la sensación de estar parado frente a un monumento a la sequía. A los costados de la seudofuente sobresale una decena de recovecos rectangulares, anegados de aguas verdosas, contaminadas y decoradas con desechos y basura. Frente a esta seudofuente reluce una lona que da la bienvenida al parque nacional Fuentes Brotantes de Tlalpan y anuncia las siguientes prohibiciones: tirar basura y cascajo, conducir bicicletas y patinetas alrededor del lago, lavar el auto, entre otras. La seudofuente, he de confesarlo, me recuerda a las seudofuentes que abundan en Tijuana, así como a una larga concatenación de asuntos y compromisos de su agenda municipal que acogen el prefijo seudo.
La seudofuente brotante de Xochitlalpan es la antesala del lago que me interesa explorar. Adelante se extiende una explanada con la nomenclatura de Plaza Cívica Morelos. Luego siguen unas escalinatas y, al subirlas, encuentro a una joven que obsequia muestras de jabón antibacterial, invitándome a corroborar la calidad del producto. Hay cuarenta personas, aproximadamente, distribuidas en los márgenes del lago. Varios grupos de piedras, a manera de islotes, sirven de terrazas de descanso a patos y tortugas, los cuales se asolean y, a decir de una de las mujeres que se acodan junto a mí en la baranda, están listos para posar frente a mi cámara.
Intendente con remoescoba. Las tortugas nadan parsimoniosas, evitándose entre las corrientes subacuáticas, o rozándose apenas, ocasionalmente, con las patas. Éstas son tan largas que parecen aletas de buceo, mientras que las protuberancias de sus caparazones hacen las veces de tanques de oxígeno. Otras tortugas se broncean junto a los patos sobre las rocas salientes, como en cualquier playa de California, donde la arena convive con pócimas de bronceado y bloqueo del sol. Los patos lucen más grupales que las tortugas. Navegan en pandillas de cuatro o cinco miembros, como asoladores de barrios. La violencia está implícita en la naturaleza (“la flor de inexorable y tajante geometría como un delicado instrumento de tortura”, O. Paz) y, como nunca puede faltar un momento surrealista, diviso a un anciano montado sobre un pequeño bote, pero en vez de remo utiliza una escoba de plástico para surcar el microcéano. Al acercarme noto que se trata del encargado de la limpieza del lago, quien, además, asume el mantenimiento del parque. De esta manera evidencio el primer tache: una sola persona no es suficiente para tales menesteres, de otra manera la basura y el desaseo del parque no serían tan notorios. La escoba de plástico, además de utilizarse como remo, cumple la función secundaria de limpiar las aguas del lago, aunque dicha labor sería menos complicada si se hiciese con una red u otra herramienta destinada a labores de aseo acuático.
En algunas orillas del lago destaca el acumulamiento de agentes externos al entorno: botellas de plástico, basura y comida lanzada por los visitantes; pero lo más asombroso es la presencia de algunos peces coloridos, deslizándose bajo el agua cristalina para atizar el azoro los presentes. Los peces, de colores variados, se mueven con facilidad, a veces ondeantes, tricolores, como banderas de países insospechados; otras sólo viajan en línea recta en busca de algo digno que pepenar.
Sobre otro de los islotes descubro a una pareja inusitada, compuesta por un pato y una tortuga, y como la relación entre amantes con intereses diametralmente opuestos resulta poco común, me aventuro a diagnosticar que no es el amor lo que une a la extraña pareja, sino el trastorno contaminante de ese peculiar ecosistema. Acepto, por lo pronto, que ésta es sólo una hipótesis ideada al calor de una imaginación cochambrosa, afiebrada por el calor acumulado durante el trayecto a Xochitlalpan.
La presencia de un grupo de personas que parecen convocadas por un “macabro hallazgo” (diario El Mexiamarillo dixit) llama mi atención. Me dirijo hacia ellos y veo que charlan con el señor de la remoescoba sobre un asunto que requiere atención inmediata: el descubrimiento es mayúsculo: un cadáver. El cuerpo de un pato asesinado ha sido extraído del lago para darle algo de qué hablar al microcronista, quien decide parodiar la tendencia de la prensa a alimentar el morbo del público. Vamos, pues, jugándole al metaperiodismo:
El Pobre Pato –se leerá en los titulares a nivel nacional-, una víctima más de la narcoviolencia en México. Mentimex, Xochitlalpan.- En un despliegue de violencia monumental un habitante del Lago Xochitlalpan resultó muerto al hallarse atrapado en el fuego cruzado de dos narcobandas. El occiso contaba con apenas seis meses de residencia en el lago. De acuerdo a los informes de los Tortuvecinos y otras especies vecinales, la víctima tenía poco tiempo de residir en el lago y “aunque era un sujeto de aspecto antisocial, siempre se mostró pacífico y nunca participó en los conflictos comúnmente ligados a los chismes del vecindario”, afirmó Pato-Líder, presidente del Comité de Colonos del Lago Xochitlalpan.
Éste es otro de los cientos de enfrentamientos que libran en el país los miembros del crimen organizado y que arrojan, como saldo adverso, múltiples bajas en la sociedad civil. Las autoridades confirmaron que hasta el momento se desconoce la identidad del Patocciso.
Tlalpan, lugar de tierra firme. Tlalpan ofrece muchos atractivos, sobre todo aquellos cercanos a la Plaza Constitución, como el Jardín del Arte que exhibe una muestra de obra plástica al aire libre, donde es posible encontrar, además, un auditorio y un mural que narra los acontecimientos primordiales de la historia de Tlalpan, a través de imágenes vivas y textos congestionados, los cuales cubren la mayor parte del muro. Por encima del mural se divisa un curioso Minarete que me recuerda a la Tijuana de mi adolescencia (estudié en la Preparatoria Federal Lázaro Cárdenas, donde se encuentra uno de los iconos históricos más destacados de dicha Fronticity). El Minarete de TJ, en la actualidad, es la antesala de la famosa piscina de azulejos que perteneció al desaparecido Casino Agua Caliente, el cual vio su ocaso en 1935, al ser clausurado por el presidente Lázaro Cárdenas. El Minarete de Tlalpan –según Salvador Padilla Aguilar, miembro de la Asociación de Cronistas del DF- es una “construcción porfiriana de finales del siglo XIX, reminiscencia de la arquitectura oriental”, actualmente localizada en la casa que “perteneció a la familia de los hermanos Manuel y Rafael Ramos, quienes fueron los primeros delegados de Tlalpan, una vez que desaparecieron las presidencias municipales en la transición político administrativa de 1928-1929”.
La Plaza Constitución alberga los bustos de héroes que participaron en la guerra de independencia de México, como los de Vicente Guerrero y Miguel Hidalgo. En el quiosco de la plaza algunos jóvenes practican coreografías callejeras, acompañados por una grabadora de baja resolución auditiva. Sobre una de las orillas de la Plaza hay un señor, a quien denominaremos el burbujista, y cuyo trabajo es deleitar a los niños elaborando burbujas de jabón con el ojo travieso de un aro de plástico.
Finalmente descubro lo que me trajo a este sitio tlalpense: el famoso Árbol de los Colgados, cuya estructura se sostiene sobre una base endeble, echa de amarres y remiendos mexican style (léase chicanada). Sobre las ramas y troncos de este árbol fueron colgados algunos bandidos y liberales durante el Maximato. Este árbol es la excusa perfecta para evocar el otro Puente de los Colgados, inaugurado y reinaugurado constantemente a la salida de la Gloria en Tijuana, y del cual han pendido las víctimas de la narcoimpunidad que ahoga a México en su diluvio de balaceras, decapitaciones, pozoleadas y otras ocurrencias bestiales. Por lo anterior, y por envidia cultural, en Tijuana ya quisiera uno contar, al menos, con una expresión histórica como el árbol de Tlalpan: bienvenida sea con todo y chicanada, pues lo fundamental es la Historia con mayúscula (sin oficialismos castrantes) y la diseminación de su conocimiento: elementos primordiales que incentivan el progreso democrático de toda comunidad.
Uno de los sitios históricos de Tlalpan, a donde uno puede meterse para rogar por el descanso de las almas de “los colgados”, es la Parroquia San Agustín de las Cuevas. Su construcción inició en 1532 y hoy, de acuerdo a Enrique López Tamayo-Biosca, “es la casa que alberga a San Agustín de las Cuevas, Santo Patrono de Tlalpan que es festejado cada 28 de agosto por la comunidad tlalpense”.
Independientemente de los sitios que invocan a los muertos de hoy y a los de antaño, Tlalpan es un pueblo que huele a historia y honor, está impregnada –al menos esta tarde- de una serenidad majestuosa que hace del paseo un constante azoro. Prevalece una sensación de paz y camaradería que endulzan el ambiente, un aire de avenencia sana, una ventilación ajena a los actos brutales que destripan las entrañas de México.
Son las seis de la tarde en la amable comunidad de Tlalpan. Un ventarrón presagia un aguacero de dimensiones diluvianas. Las nubes comienzan a despedirme: su forma de algodones de azúcar, como los que se venden en plaza Constitución, despiertan mi apetito. Se antoja es un caldo tlalpeño, por supuesto, el clima es el adecuado. Esta delicia mexicana –según se cuenta- fue creada en 1920, cuando el tranvía era el transporte por antonomasia y cuya estación, en un margen del pueblo, se llenaba de vendedoras y vendedores de comida mexicana. En escena entra la señora Pachita, quien entonces ofrecía pollo guisado con singularidad y buen sazón, acompañado por tortillas de reciente hechura, aguacate y queso. Escudado en el llamado del paladar, toca el turno al microcronista recargar la batería con este delicioso caldo; luego, trastabillar rumbo a la noche defeña, y de ahí a la oscuridad del sueño. El siguiente día me aguarda para la redacción de este xochitexto: ya me veo acodado en la mesa de alguna xochitrinchera cafetera, con los puntapiés del sol restándole brillo al monitor de mi computadora. La opacidad de la pantalla será lo de menos, el reto será (siempre lo es) hacer que resuenen las palabras.
martes, 8 de noviembre de 2011
Evangelina (In memoriam)
Mi abuela hacía milagros con sus canas, teñía el aire con el fuego blanco de su cabello. Le gustaban las chelas y disparaba sus votos a los candidatos más guapos. Mi abuela me decía Satanás cuando era niño, pero me defendía del mundo, acaso sin saber que el mundo entero estaba, desde entonces, en completa indefensión.
Mi abuela era risueña e iracunda; como yo, ha sido víctima y verdugo de los años. Era sencilla y franca, y sus ojos se llenaban de amor mientras sus nietos y bisnietos iban cayendo, desde el cielo de su sangre, en su regazo.
La abuela es el principio y el fin de mí mismo, el recordatorio, el comunicado que anuncia que el tiempo es finito, el aviso que me orilla a vivir sin tregua, sin diques que contengan mi agua viajera y seminal.
Mi abuela hacía milagros con sus ojos; su mirada ilumina el otro lado de la vida. Mi abuela es una luciérnaga y, junto a mi bisabuela en el más allá, conforman una pequeña galaxia de puntos brillantes a donde iremos a todos, a donde iré yo para que vuelva a gritarme Satanás, para que me salve de este mundo envuelto en su completa indefensión.
Mi abuela era risueña e iracunda; como yo, ha sido víctima y verdugo de los años. Era sencilla y franca, y sus ojos se llenaban de amor mientras sus nietos y bisnietos iban cayendo, desde el cielo de su sangre, en su regazo.
La abuela es el principio y el fin de mí mismo, el recordatorio, el comunicado que anuncia que el tiempo es finito, el aviso que me orilla a vivir sin tregua, sin diques que contengan mi agua viajera y seminal.
Mi abuela hacía milagros con sus ojos; su mirada ilumina el otro lado de la vida. Mi abuela es una luciérnaga y, junto a mi bisabuela en el más allá, conforman una pequeña galaxia de puntos brillantes a donde iremos a todos, a donde iré yo para que vuelva a gritarme Satanás, para que me salve de este mundo envuelto en su completa indefensión.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
1822, obra de teatro de Flavio González Mello

Les comento: acabo de leer "1822", de Flavio González Mello, y es impresionante la manera en que los asuntos de su trama coinciden con la suciedad politica que envuelve al país actualmente: tremenda sátira sobre el estado actual de nuestro país, la cual, al leerla, ya no sabe uno si reír o llorar, pero me gana la risa : una obra de excelente factura, con diálogos sorprendentes, incisivos, precisos, tan "surrealistas" como todos los delirios que se desprenden de las ambiciones desmedidas, encarnadas en la mayoría de nuestros actuales y futuros gobernantes. Para hablarnos de esta y otras de sus obras, Flavio González Mello nos acompañará este jueves 8 de septiembre (2011) a las 7 p.m., entrevistado por Alejandro Sandoval Avila.
domingo, 7 de agosto de 2011
Instrucciones para cocinarte un cumpleaños
Desconócete a ti mismo / no invoques los años / sino las múltiples vidas con las que llenas / los cajones del tiempo / Opón una pizca de azúcar fulgurante / a las ariscas sales de playas desangeladas / Desconócete: / abre la puerta a otra cognición entrañable /a otro catálogo de celebraciones / a otro perfil inextricable de tu ser / Suma la algarabía de comparsas presentes y compañeros virtuales / eternos / apeándose del vehículo de la fugacidad / brincando hacia la noche convenida y serpenteante / Agrega yerbajos de bailoteo y hierve el caldo de la fiesta / en una vasija de ciclos boquiabiertos / Amasa la música del mundo / en una superficie sin pautas / sin llaves de sol sin notas / sin otro condimento auditivo que la impertérrita trompeta de la vida / Sírvete al gusto / lo mejor de cada cosa / lo mejor de cada río vertebral / de la experiencia / lo mejor de cada azoro seminal con el que irrumpes / por vez primera / en todo lo queda y / también / en todo lo que pasa
Javier González Cárdenas
Javier González Cárdenas
viernes, 3 de septiembre de 2010
EL INFIERNO VS. LA LEY DE HERODES
Ayer vi "El Infierno", de Luis Estrada. No supera a "La ley de Herodes". He aquí algunas diferencias entre una y otra:
En "La ley..." todos los personajes son entrañables y en "El Infierno" sólo es entrañable el interpretado por Alcázar.
En "La ley..." los diáologos son tan sabrosos que hasta te los memorizas, y en "El Infierno" no lo son tanto, incluso, muchos de ellos son colecciones de frases hechas (algunos parecen tomados de las cadenas de correos sobre el clima de violencia que impera en el país).
En "La ley..." la corrupción del protagonista surge de manera ingeniosa, y parte de la siguiente tesis: "el poder corrompe al ser humano"; en "El Infierno" los motivos de adhesión del protagonista al crimen organizado son, más que inverosímiles, aburridos, consabidos, faltos de ingenio.
En "La ley..." la musicalización es hilarante, adecuada a los temas y situaciones, es luminosa (brilla con luz propia); en "El Infierno" es desigual, algunas veces decorativa y otras veces acertada, sobre todo cuando subraya algún rasgo de personalidad o "background" del personaje.
En "La ley..." el arte y la fotografía son preciosos y precisos; en "El Infierno" parecen adecuaciones al set.
En "La ley..." la edición es perfecta; en "El Infierno" no.
En "La ley..." los efectos especiales son perfectos; en "El Infierno" se ven chafas (sobre todo cuando se exhiben algunos desmembramientos).
En "La ley..." todos los personajes son entrañables y en "El Infierno" sólo es entrañable el interpretado por Alcázar.
En "La ley..." los diáologos son tan sabrosos que hasta te los memorizas, y en "El Infierno" no lo son tanto, incluso, muchos de ellos son colecciones de frases hechas (algunos parecen tomados de las cadenas de correos sobre el clima de violencia que impera en el país).
En "La ley..." la corrupción del protagonista surge de manera ingeniosa, y parte de la siguiente tesis: "el poder corrompe al ser humano"; en "El Infierno" los motivos de adhesión del protagonista al crimen organizado son, más que inverosímiles, aburridos, consabidos, faltos de ingenio.
En "La ley..." la musicalización es hilarante, adecuada a los temas y situaciones, es luminosa (brilla con luz propia); en "El Infierno" es desigual, algunas veces decorativa y otras veces acertada, sobre todo cuando subraya algún rasgo de personalidad o "background" del personaje.
En "La ley..." el arte y la fotografía son preciosos y precisos; en "El Infierno" parecen adecuaciones al set.
En "La ley..." la edición es perfecta; en "El Infierno" no.
En "La ley..." los efectos especiales son perfectos; en "El Infierno" se ven chafas (sobre todo cuando se exhiben algunos desmembramientos).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
